Egipto desde la percepción de una persona invidente. La luz de Kefrén.


Fue una mañana, muy temprano, cuando un taxi nos dejó a las puertas del gran Museo de El Cairo. Y allí estaba yo. Pocos meses después de que el diagnóstico de los médicos fuera como un misil estallando en mi cabeza. Ceguera total, incurable e irreversible. De los miedos, la angustia, la impotencia y algún ataque de pánico no vamos hablar. ¿Para que? Centrémonos en que era la primera vez que volvía a Egipto siendo ciego total.

La ciudad de El Cairo, es sucia contaminada y mal oliente, pero sobre todo ruidosa, y para una persona ciega esa mezcla de situaciones llega a convertirse en un caos donde las referencias, absolutamente todas las referencias que los ciegos utilizamos para orientarnos en la oscuridad en la que vivimos quedan anuladas, especialmente el oído que se queda atrofiado por el inmenso estruendo de miles de coches haciendo sonar sus bocinas a todas horas, en lo que parece ser un concierto estremecedor.

Todo este espectáculo caótico y sin sentido casi, solo casi, se termina inmediatamente en el momento en que uno pone los pies en el Museo Arqueológico, dentro de sus muros parece reinar la paz, bueno no del todo, de vez en cuando una "manada" de turistas de cualquier nacionalidad parecen querer arrasar siglos de Egiptología armados con sus modernas cámaras digitales e invariablemente encabezados por un guía que parece más preocupado en llegar a la tienda de souvenir que en pararse a explicar las increíbles maravillas que allí se encuentran, maravillas que hasta hace poco yo podía ver con mis propios ojos.

Cogido del brazo de la persona vidente que me acompaña voy recorriendo despacio, sin prisas, las salas para persona con los cinco sentidos una vida entera no bastaría para conocer un poco el museo, las distintas salas, imaginar el tiempo necesario para alguien que desde hace poco tiempo no puede ver. Cierto es que antes de la enfermedad había recorrido innumerables veces todas esas salas durante horas y horas sin cansarme lo mas mínimo. Salas que ahora solo eran salas oscuras, negras y bastante angustiosas. 
Ya os he comentado que era la primera vez que volvía a Egipto, pero bueno allí estábamos y en un momento dado, María, la amiga que me acompaña en esta ocasión me dice que estoy delante de una estatua que en la placa pone Kefrén y que tiene un halcón colocado de tal forma que parece salir de su tocado nemes. 

Inmediatamente algo salta en mi cabeza, recuerdo esa estatua, la recuerdo perfectamente aunque no la puedo ver. Es una de mis favoritas. Tengo en mi poder un permiso especial para poder tocar, las manos de un ciego son sus ojos

Fig.1. Estatua del faraón Khefrén. Dinastía IV
Despacio, muy despacio con una mezcla de ganas y al mismo tiempo de miedo y con las manos temblando me acerco a ella y extiendo los brazos, siento una sensación de respeto hacia el personaje que voy a tocar y al mismo tiempo angustia, angustia por si por un error mío la estatua se estropea, ¡más de cuatro mil años al alcance de mis manos!. En ese momento me siento una persona tremendamente privilegiada, poder poner mis manos en la cara de uno de los faraones mas impresionantes de la historia, es algo que no se puede describir con palabras. Él, por su parte permanece inmutable en su majestuosidad, como queriendo decirme ¡Tú quien eres y qué quieres de mí!
Poco a poco la voy explorando, notando el frío de la piedra y las distintas formas que contiene la estatua, sé que es de diorita gris, que mide un metro y medio más o menos, al explorar los pliegues perfectamente tallados del tocado nemes compruebo que son de una perfección total, el pico del dios halcón, los ojos pienso al tocar los ojos que no sería raro que pudieran ver, la nariz, la boca, su cuerpo. 

En fin que la "miro" una y otra vez, ya no está fría, tocarla es algo que no cansa ni aburre, es una estatua de piedra, no tiene vida, sin embargo ¡que maravilla!. Da igual la parte que toque, el halcón, el nemes... se que está entronizado, pero todas esas descripciones técnicas que mis manos le transmiten a mi mente realmente son lo de menos, lo importante es que esa estatua pertenece a un ser que vivió hace miles de años, que fue faraón de Egipto, por tanto hijo de los dioses y al que su pueblo veneraba y obedecía como tal.

Pero uno, que tiene tendencia a que se le dispare la imaginación, de repente en lugar de ponerse a pensar en el todopoderoso faraón de Egipto le da por imaginar quien sería el artesano, el escultor que hizo semejante obra de arte. Sin darme cuenta, mientras no dejo de recorrer una y otra vez la pétrea figura, me veo sumergido en el interior del taller del autor de la figura de Kefrén. 

Lo veo en mi mente en su pequeño taller a orillas del Nilo, trabajando lentamente y con sumo cuidado la piedra de la que más tarde saldría la imagen de su señor, con sus sencillas herramientas va moldeando todos y cada uno de los detalles, hasta el más mínimo, hasta conseguir darle la forma definitiva. Esas formas que mis manos tienen hoy el inmenso placer de palpar hasta los más mínimos y maravillosos detalles. Y al terminar el trabajo, ¿Qué pensaría ese hombre humilde? ¿Qué pasaría por la cabeza de ese hombre que miles de años atrás y partiendo de un tosco bloque de piedra fue capaz de parir semejante obra de arte?. 

Lo imagino sentado en un taburete en su pequeño y polvoriento taller, mirando sin cesar la imagen de Kefrén. ¿Estaría orgulloso y satisfecho de su obra? O por el contrario se encontraría angustiado, asustado o incluso aterrorizado por si su trabajo no era del agrado de su faraón, de su señor, de su dios…

La voz de María me saca de mis fantasías con un enérgico, ¡Vamos que parece que estás en las nubes! Y en efecto lo estaba, en las nubes más altas que podáis imaginar. Aquella pequeña visita al inmenso museo y la exploración de la estatua de Kefrén significaba mucho más que una visita y una escultura. Significaba que aún sin poder verlo Egipto seguía siendo Egipto, mi Egipto. Significaba que Egipto le había ganado la partida a la ceguera, a la oscuridad y a muchos miedos y angustias e inseguridades. Egipto había vencido a ese monstruo que es la oscuridad total y siendo así yo también había ganado la partida.

No quise seguir allí. Me cogí del brazo de mi acompañante y al salir me senté en la escalera del museo y encendí un cigarro.

Manuel Sanjuán

Imágenes:
Fig.1: http://oicpigetra.webnode.es/

Esperamos que os haya gustado esta entrada y nos ayudéis a compartir nuestro trabajo. Si usáis información de aquí, no olvidéis citarnos de la siguiente forma: Explorando Egipto [Consultada: (Fecha del día de consulta)] 
 △△△●《Єxplorando Єgipto 》●△△△

1 comentario:

  1. Viste más allá de lo que podemos percibir muchos de nosotros. Quizá tambien mucho más de lo que pudiste ver en otras ocasiones anteriores y lo que podemos ver otros.
    Egipto nunca abandona a quién lo ama de verdad.
    Un abrazo

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